INTRODUCCIÓN.
Lo que nos motiva y nos empuja a la edición de este blog, es la sensación de impotencia frente a una enfermedad que está a poca distancia de las consideradas “raras” y que, por desgracia, a tocado con su infame dedo a nuestros dos únicos hijos, mellizos y con catorce años en el momento de su diagnóstico.
Nuestra desesperación ante su dolor y, lo que es peor, sus perspectivas, nos ha hecho reaccionar y estar dispuestos a plantarle cara con todos los medios que dispongamos a nuestro alcance. Y este, creemos, puede ser uno de tantos.
Por otra parte, siempre hemos considerado que compartir nos enriquece a todos, pues duplica lo que poseemos y, en el intercambio de conocimientos nos hace, sino más sabios, sí más ricos en intelecto y abiertos de miras.
El desconcierto que nos invade, frente a la seria divergencia de criterios médicos respecto a los orígenes de la enfermedad, nos lleva a plantearnos serias dudas respecto a cual puede ser el razonamiento correcto y, en consecuencia, adoptar como válido uno u otro camino a seguir.
El concepto indiscutido parece ser el de que se trata de un trastorno que induce a error al sistema inmunitario produciendo, en consecuencia, el desencadenamiento de la enfermedad. No obstante hay dos criterios totalmente contrapuestos; y aquí surge la polémica y nuestro desasosiego.
La tendencia más extendida entre la comunidad médica es la de que el sistema inmunológico mantiene una actitud hiperactiva y agresiva como respuesta errónea ante un posible invasor dañino cuando, por el contrario, se trata de sustancias o elementos favorables al cuerpo.
(Véase: Causas, incidencias y factores de riesgo)
La opinión contraria, sostenida por una minoría, pero no irrelevante representación médica, sostiene lo contrario. Que se trata de un sistema inmunológico debilitado.
(Véase: Dr. Anthony W. Segal)
Por supuesto, entre ambos casos la estrategia a seguir es diametralmente opuesta; por consiguiente, la polémica está servida y nuestra preocupación alimentada.